Recuperar la humanidad
En “Buenas ideas”, un posteo anterior, les relaté acerca de una propuesta solidaria impulsada por una amiga. Un poco por la repecursiones y comentarios que recibí, otro poco porque es un tema siempre presente en mis cavilaciones, me quedé pensando, y lápiz y papel en mano (bah, teclado y mouse), escribí algunas ideas que aquí comparto.
A fines de la década del setenta, Marta Minujín, a quien considero una buena amiga y gran artista, desarrolló una serie de obras a la que llamó “deconstrucciones de mitos”, como preanunciando que caerían algunos de los pilares de nuestra cultura. Luego, efectivamente, sobrevino la caída del Muro de Berlín, el colapso del comunismo. Los antiguos segmentos, conocidos como “la derecha” o “la izquierda”, que conformaban el espectro político fueron conculcados, primero por el capitalismo, que según la época fue más o menos salvaje, y actualmente por el mercantilismo a ultranza.
Cayeron ideales, valores, modelos que también formaban parte de nuestro acervo. Y yo creo que es muy difícil lidiar en un mundo donde la gente no sueña, no proyecta, no se ilusiona. La mayoría de los políticos pareciera no ostentar bandería o ideal, ¿tal vez no hayan advertido su función de servidores públicos? Algunos empresarios tampoco demuestran vocación, su mirada se posa exclusivamente en ganar dinero y soslayan sus obligaciones. ¿Recuerdan a Juan Carlos Pugliese, el ex ministro de economía, cuando dijo “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”?
Ya no queda espacio para los sentimientos. Allí hay que prestar atención, reformular, rectificar, empezar a pensar con más humanidad. Me asusta que hoy se anteponga la economía a la educación, a la salud, al bienestar. Es como asistir a un espectáculo en el que priman las actitudes mafiosas, la complicidad, la connivencia. Cuando escucho que alguien puede enorgullecerse porque su padre o su abuelo se enriquecieron ilícitamente, insisto en que sólo la educación puede proporcionarnos la dimensión de lo que somos y de aquello que podemos ser. ¡Qué lejos me queda el pasado!
Creo, sin embargo, que debemos resistirnos a este olvido sistemático de la grandeza que encierra cada ser humano en virtud de sus capacidades. Si apostamos a la prosecución de la especie, retomaremos valores que permitan a las futuras generaciones construir una identidad más sensata, más adecuada, más propia de un ser que, además de humano, debe ser histórico, debe dejar huella y orientar el rumbo a su progenie.
Hace casi cien años, mi abuelo, José Pallarols decía en la introducción de sus memorias: “Mi intención al empezar estos renglones no ha sido con el propósito de escribir una obra literaria, ni mucho menos, ni una historia de aventuras amorosas, ni de episodios caballerescos extraordinarios, simplemente ha sido con el fin de, y a modo de ensayo relatar en forma de cuadritos o escenas breves hechos relacionados con las costumbres barcelonesas desde 1879 hasta finales del siglo IXX a nuestros días, los cuales les dedico a mis hijos y nietos, en general”.
Luego hace referencia a los mandamientos y al respeto que se les debe a los padres y a los mayores y continúa: “demostrarles que el trabajo es una de la virtudes mayores de un hombre y hoy más que nunca, que parece que la humanidad nace cansada, al mismo tiempo, mis nietos podrán aprender de sus abuelos que sin riquezas han podido criar a sus hijos y educarlos a fuerza de trabajo, tal como nos manda la ley de Dios, porque el trabajo es el padre de la gloria y la felicidad y si no, tengan presente esta máxima: el que de muy joven no empiece a trabajar, muy pronto empezará a pedir y el que tuviera que vivir pidiendo por falta de ganas de trabajar, más le valdría no haber nacido. Y aquí termino mis máximas para no cansarlos antes de comenzar y también pidiendo indulgencia por los muchos errores que pueda contener el presente libro” y firma: El autor
Si no advertimos a buen tiempo que nuestra impronta quedará una vez que nosotros hayamos abandonando nuestra gestión en esta tierra, habremos sido incapaces de formar a nuestros hijos y nietos en el oficio de vivir.