Ago 30 2010

Recuperar la humanidad

En Buenas ideas, un posteo anterior, les relaté acerca de una propuesta solidaria impulsada por una amiga. Un poco por la repecursiones y comentarios que recibí, otro poco porque es un tema siempre presente en mis cavilaciones, me quedé pensando, y lápiz y papel en mano (bah, teclado y mouse), escribí algunas ideas que aquí comparto.

A fines de la década del setenta, Marta Minujín, a quien considero una buena amiga y gran artista, desarrolló una serie de obras a la que llamó “deconstrucciones de mitos”, como preanunciando que caerían algunos de los pilares de nuestra cultura. Luego, efectivamente, sobrevino la caída del Muro de Berlín, el colapso del comunismo. Los antiguos segmentos, conocidos como “la derecha” o “la izquierda”, que conformaban el espectro político fueron conculcados, primero por el capitalismo, que según la época fue más o menos salvaje, y actualmente por el mercantilismo a ultranza.

Cayeron ideales, valores, modelos que también formaban parte de nuestro acervo. Y yo creo que es muy difícil lidiar en un mundo donde la gente no sueña, no proyecta, no se ilusiona. La mayoría de los políticos pareciera no ostentar bandería o ideal, ¿tal vez no hayan advertido su función de servidores públicos? Algunos empresarios tampoco demuestran vocación, su mirada se posa exclusivamente en ganar dinero y soslayan sus obligaciones. ¿Recuerdan a Juan Carlos Pugliese, el ex ministro de economía, cuando dijo “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”?

Ya no queda espacio para los sentimientos. Allí hay que prestar atención, reformular, rectificar, empezar a pensar con más humanidad. Me asusta que hoy se anteponga la economía a la educación, a la salud, al bienestar. Es como asistir a un espectáculo en el que priman las actitudes mafiosas, la complicidad, la connivencia. Cuando escucho que alguien puede enorgullecerse porque su padre o su abuelo se enriquecieron ilícitamente, insisto en que sólo la educación puede proporcionarnos la dimensión de lo que somos y de aquello que podemos ser. ¡Qué lejos me queda el pasado!

Creo, sin embargo, que debemos resistirnos a este olvido sistemático de la grandeza que encierra cada ser humano en virtud de sus capacidades. Si apostamos a la prosecución de la especie, retomaremos valores que permitan a las futuras generaciones construir una identidad más sensata, más adecuada, más propia de un ser que, además de humano, debe ser histórico, debe dejar huella y orientar el rumbo a su progenie.

Hace casi cien años, mi abuelo, José Pallarols decía en la introducción de sus memorias: “Mi intención al empezar estos renglones no ha sido con el propósito de escribir una obra literaria, ni mucho menos, ni una historia de aventuras amorosas, ni de episodios caballerescos extraordinarios, simplemente ha sido con el fin de, y a modo de ensayo relatar en forma de cuadritos o escenas breves hechos relacionados con las costumbres barcelonesas desde 1879 hasta finales del siglo IXX a nuestros días, los cuales les dedico a mis hijos y nietos, en general”.

Luego hace referencia a los mandamientos y al respeto que se les debe a los padres y a los mayores y continúa: “demostrarles que el trabajo es una de la virtudes mayores de un hombre y hoy más que nunca, que parece que la humanidad nace cansada, al mismo tiempo, mis nietos podrán aprender de sus abuelos que sin riquezas han podido criar a sus hijos y educarlos a fuerza de trabajo, tal como nos manda la ley de Dios, porque el trabajo es el padre de la gloria y la felicidad y si no, tengan presente esta máxima: el que de muy joven no empiece a trabajar, muy pronto empezará a pedir y el que tuviera que vivir pidiendo por falta de ganas de trabajar, más le valdría no haber nacido. Y aquí termino mis máximas para no cansarlos antes de comenzar y también pidiendo indulgencia por los muchos errores que pueda contener el presente libro” y firma: El autor

Si no advertimos a buen tiempo que nuestra impronta quedará una vez que nosotros hayamos abandonando nuestra gestión en esta tierra, habremos sido incapaces de formar a nuestros hijos y nietos en el oficio de vivir.

 


Ago 19 2010

De olvidos, sorpresas y nuestra querida Argentina

Me sucedió en Tokio. Resumen de los hechos: olvidé mi portafolio en una cabina telefónica cercana al hotel donde me alojaba. Eso ocurrió en horas de la mañana. Muchas horas más tarde, ya de regreso, comienzo la búsqueda. Lo primero que hago, obviamente, es preguntarle al conserje si, por casualidad, alguien había devuelto un portafolio, y paso a describirlo con detalles. El conserje me mira fija y pacientemente, y me hace una única pregunta: “¿en qué sector del hotel lo extravió?”. Le explico que, por un descuido, lo había dejado olvidado en la cabina de teléfono que está ubicada cerca del hotel. Este hombre, muy asombrado, sin poder disimularlo, me pregunta por qué habría de buscarlo allí entonces. Y me sugiere volver al lugar y me asegura que allí lo habría de encontrar.

Lo más sorprendente del episodio: insiste en que nadie se llevaría aquello que no le pertenece. Así de sencillo, así de claro. Quedé perplejo ante sus palabras, creí que sólo trataba de deshacerse de mí. A ver, ¡eran las siete de la tarde y me lo había olvidado a las ocho de la mañana! ¿Cómo sería posible que mi portafolio pudiese permanecer en el mismo lugar? ¿En qué país, eh? No obstante, y perdido por perdido, seguí su consejo. ¡Efectivamente allí lo encontré! Sólo estaba levemente desplazado hacia un costado para que no entorpeciera el paso de quienes ingresaban a la cabina. Por unos instantes, mis ojos y mi mente no lograban contener la evidencia.

Recuerdan que les relaté mi viaje a Qatar en un posteo de este año. Allí el tema de la seguridad no es diferente. Puede uno dejar olvidado, o simplemente hacer a un lado cualquier valor, mientras espera en el aeropuerto por ejemplo, o bien dejar el auto con las llaves puestas, con la garantía absoluta de que nada le será arrebatado. Esa confianza exhibe la dignidad humana de sus habitantes e integra a los visitantes.

En la Argentina de hoy, en cambio, esto es impensable. Sin embargo, siento una tremenda nostalgia por los tiempos en que a diario respirábamos esa misma tranquilidad, esa certidumbre. Claro, los más jóvenes no lo recordarán, pero así era en Buenos Aires. Y no hace tanto tiempo atrás. Si esto es posible en otras partes del mundo, y lo fue aquí, es seguro que se puede. A veces me invade el desaliento. Especialmente cuando fui y sigo siendo víctima de algún hecho puntual que implica mi arte. Me mortifico, dudo y no dejo de preguntarme si alguna vez se revertirán estos hechos y volveremos a ser el país que fuimos.

Es bien sabido que los países exitosos en seguridad ciudadana han sido los de exclusión cero, no los de tolerancia cero. Su éxito reside en que han logrado brindar plenas oportunidades de inclusión a todos los ciudadanos. ¿No será más económico y más justo velar por los intereses y los derechos de todos, que seamos auténticamente inclusivos? Se necesita voluntad política para desarrollar planes verdaderamente integradores. Para aquietar nuestras conciencias es nuestro deber saldar las deudas sociales. Lograrlo requiere acción y grandeza.


Ago 9 2010

Escudo del Bicentenario, tiempo de cosecha y legado

¿Recuerdan que en un posteo anterior les relaté acerca de la participación activa de nuestra ciudadanía en la producción colectiva del Escudo el año pasado durante la 123° Exposición de Ganadería, Agricultura e Industria en la Rural?

Evoco una frase de Manuel Belgrano: “El honor y el premio son los resortes para que no se adormezca el espíritu del hombre.” Hemos cumplido con una labor compartida y es tiempo de inauguración. La sensación de dejar nuestro emblemático testimonio como un tributo para las generaciones venideras nos abraza y nos contiene. Es por ello que deseo compartir con ustedes que el próximo 16 de agosto a las 12 horas este escudo, testimonio de nuestro quehacer ciudadano, será emplazado en el Salón principal de la Jefatura del Gobierno de la Ciudad.

En lo personal, se me otorgará una medalla cuyo valor agregado es que ha sido confeccionada por las excelsas manos del escultor italo-argentino Antonio PujíaEs para mí un motivo de indescriptible orgullo y profundo agradecimiento hacia quienes con su silenciosa colaboración me han encaminado hacia el nombramiento como “Ciudadano Ilustre”, junto a otros doscientos vecinos de la ciudad de Buenos Aires en reconocimiento a su labor artística, intelectual, social y humanitaria.

Vislumbro la emoción de todos los que participaremos de este homenaje en el que se instalará una antorcha de bronce, una llama votiva, que quedará encendida por siempre como recuerdo y testimonio del Bicentenario. En esta ceremonia se exhibirá una placa conmemorativa y se descubrirá el Escudo en el que ha quedado impresa la trama social del tiempo histórico que lo conforma. Luego se dispondrá un estrado y el jefe de gobierno de la ciudad dará comienzo a la fiesta que se realizará en la Plaza de Mayo y que culminará con la entrega de los reconocimientos.

Tales tributos despiertan el espíritu, alientan el ánimo y nos revelan que el honor esencial, esa prerrogativa humana, debe continuar desplegándose mientras nuestro aliento vital perdure. Los invito a que juntos celebremos la alegría que corona un hacer compartido y disfrutado, una obra comunitaria, un legado para la República.

 

 


Ago 2 2010

¿Dios, casualidad o sincronismo de destino?

Creo haberles contado que soy una persona de fe. Si alguien reza por mí o me desea el bien, me ayuda a que me vaya bien; si me desean el mal o me maldicen, ello posiblemente influya para que uno mismo se predisponga a que las cosas le salgan mal.

Algo de eso hay. Siempre recuerdo el libro En qué creen los que no creen sobre la ética en el fin del milenio. Está basado en un diálogo epistolar entre el filósofo Umberto Eco y el Arzobispo de Milán Carlo María Martini, en el que cada uno expone sus razones para creer o no creer. El Arzobispo defiende su posición desde la fe, desde la grandiosidad de Dios, mientras Umberto Eco, desde una postura laica, aboga por el poder de mente.

Debo decir que la fuerza de la realidad cifrada en situaciones de la vida cotidiana, que no tendrían justificación o explicación aparente, me orienta hacia la creencia en un poder superior que vibra en consonancia. Sospecho que ya les habré contado sobre algunas sorprendentes coincidencias que suelen ocurrirme en el diario vivir. Por eso, los acontecimientos que voy a relatarles no son aislados sino, yo diría, recurrentes.

Actualmente tengo entre manos una obra de gran magnitud. Se trata de una puerta de enormes dimensiones, sobre la que próximamente les contaré con mayores detalles. Teníamos dos dificultades que se fueron complicando hasta convertirse en desafíos a salvar para el logro del trabajo terminado.

La primera dificultad era conseguir maderas estacionadas (favorece que no se muevan), de entre ocho y diez pulgadas de ancho, y de entre seis y siete metros de largo. Maderas bien estacionadas de tales dimensiones son sencillamente inhallables. De hecho, comenzamos a averiguar en grandes madereras nacionales, luego nos remitimos a importadores chilenos, brasileros, pero la respuesta era siempre la misma: máximo cuatro metros, cuatro metros veinte con toda la furia.

Ante la evidencia del fracaso de nuestras gestiones, comenzamos a plantear otras posibilidades. Tal vez una estructura de metal que luego revestiríamos en madera, pero como nos proponíamos emplear metales nobles, debía ser de plata pura, en cuyo caso surgían otras cuestiones no menores como el costo, la cantidad, en fin, complicado.

Mientras nos debatíamos buscando una y otra solución, me llama un amigo y lo invito esa noche a cenar a casa. Marcos, tal es su nombre, había regresado de un viaje por África y teníamos ganas de vernos. A la media hora me vuelve a llamar para avisarme que había llegado un amigo suyo desde el sur del país y me pregunta si podía traerlo. Por supuesto no tenía inconveniente. Llega con un señor de apellido catalán, quien durante la cena me cuenta que tiene un campo en el sur, pero sin especificar demasiado. Ya casi promediando la velada, le pregunto a qué se dedica exactamente por aquellas latitudes. Me explica que tiene un coto de caza, que administra otros dos campos, propiedad de un renombrado empresario del mundo de los cristales. Luego manifiesta que han traído de Alemania un robot de última generación para fabricar, con maderas de sus propios montes, y otras procedentes de Chile, tablones especiales. Esta maquinaria computarizada revisa la madera y si encuentra alguna falla, un nudo o imperfección, la corta mediante un láser y la trata con colas especiales para conferirle máxima resistencia que garantiza la firmeza de la misma. A tal punto, que preparan mástiles de veleros, quillas para barcos en… tablones de hasta once metros que no se mueven más allá de un milímetro. ¡El doble de lo que nosotros estábamos precisando! Puede ser casualidad, pero justo el mismo día inesperadamente aparece “Marcos” con su amigo catalán y así, sin que mediase premeditación alguna, me resuelve el tema del “marco” de la puerta.

El segundo problema era que la puerta lleva una talla de más de veinte metros. Para ello se necesita mano de obra muy calificada y estaba necesitando contratar gente capacitada. Tarea nada sencilla en la actualidad.

Por esos días yo lamentaba la partida, alrededor de nueve años atrás, de la Argentina hacia su país de origen, Ucrania, de un tallista excelente, llamado Alejandro, que me ayudó en numerosos trabajos. Y me preguntaba dónde estaría puesto que no había dejado rastro de su paradero. Con reiterada obstinación, la mañana siguiente suena el timbre, pregunto quién era y me contestan: “Alejandro, el tallista, quiero ver al señor Pallarols”. Mi sorpresa fue tan grande que quedé anonadado. Entonces quise saber por qué había vuelto. Me explica que la situación económica en su país no era buena y que la Argentina siempre había sido un país amable con él y por eso había decidido regresar. Que había estado recorriendo diversos lugares, incluso mueblerías, y que recurrió a mí como su última oportunidad. Es más, me comenta que había traído un primo suyo, cincelador de plata, batidor de grandes chapas, quien también buscaba trabajo. Cabe agregar que ambos son óptimos talladores, no sólo por la calidad de su trabajo sino también por su amor y devoción por el oficio. Inmediatamente vimos el trabajo y quedaron encantados.

 Me vino a la memoria una situación similar cuando mi papá estaba trabajando con la máscara de Eva Perón. Buscaba un ayudante e inesperadamente podríamos decir que “le cayó” un escultor español, Pedro García Borrego, primo de Carmen Sevilla, que se dedicaba a hacer ese tipo de trabajo.

¿Casualidad? No estoy seguro.

¿Sincronismo? Tal vez.

Igualmente, siempre agradezco a Dios que me facilita los caminos para cumplir con mi oficio de la mejor manera.

Como confluyendo, en el momento preciso, aparecieron la madera y los dos expertos ayudantes. Ahora sólo queda valerse de la experiencia, dejar brotar la creatividad y con este grupo de gente sospecho que vamos a lograr una gran obra.

¡Ya les contaré!


Jul 28 2010

Era el día 8 de julio de 1901

A modo de homenaje, y a propósito de aquello que les narrara sobre mi abuelo en algún posteo previo, quería continuar con el relato de algunas notas de su cuaderno de sus memorias que resaltan su figura y, al mismo tiempo, pintan algunos cuadros de época, casi costumbristas. No puedo evitar preguntarme cómo alguno de mis nietos considerará las notas de mi blog dentro de 100 años. Pero ese es otro tema.

Era un día martes cuando releía los escritos de José Pallarols y encontré su declaración de amor a mi abuela, Carolina Cuní. Por aquellos días, también un martes, mi abuelo estaba ansioso por encontrar a la niña de sus ojos para declararle su amor. Así lo manifiesta en sus memorias: Se pasó el día y al salir del taller por la tarde, yo pensaba ¡ojalá fuera martes!, que era el día señalado para la entrevista. Ya iba para mi casa aquel día, iba solo con mis pensamientos, mas de repente, cual no sería mi sorpresa cuando en la calle de Fernando Séptimo, casi en frente a la iglesia de San Jaime, veo a Carolina que venía en dirección hacia mí. Yo aceleré el paso y al llegar junto a ella, me coloqué a su lado siguiendo el camino para su casa. Esta vez el corazón no me engañó, me decía que la encontraría y la encontré. Fuimos dialogando todo el camino, comentando la función, sin comentar el incidente de las sillas para nada”.

Debo aclarar que esta referencia tiene que ver con un caballero que con ciertas pretensiones hacia mi abuelita, había colocado, no sin intención, una silla para ubicarse en medio de ambos durante la función. Y prosigue: “…llegando a la plaza de Sepúlvedas, cerca de donde vivía, nos detuvimos. Había llegado el momento decisivo, entonces, dando la expresión más amable a mis palabras le dije: supongo que quizás usted ya se habrá dado cuenta del motivo de esta entrevista, el cual es el siguiente, que como durante el tiempo que tengo el honor de tratarla, su personalidad y modo, junto con su amabilísimo trato personal, me resulta sumamente agradable. Si no tiene inconveniente desearía tener relaciones con usted. Ahora sí, que antes que me conteste, he de hacerle una observación, yo soy pobre, mi fortuna son mis cinco dedos de cada mano, así que la mujer que se case conmigo tendrá que trabajar como yo, si hay glorias las compartiremos y si vienen penas también, no quiero engañar a ninguna mujer con falsas promesas ni cosas vanas.

 Ella se quedó mirándome fijamente y sonriendo me contestó: mire, en este caso, yo me encuentro igual, también somos pobres. Además, como también le encuentro algo diferente de otros jóvenes, por mi parte, no tengo inconveniente en aceptar su ofrecimiento, dada su lealtad, pero tengo que consultarlo con mi papá. Por mí, todo lo que haga lo doy por bien hecho, siempre que pueda confiar en su palabra. Por mi parte, sí, yo creo que mi papá no pondrá ningún inconveniente, me contestó ella. Entonces, le ofrecí la mano, la que me estrechó cariñosamente y nos despedimos con un hasta pronto. La contemplé mientras se alejaba con mi corazón henchido de gozo. Llegué a mi casa y estuvimos comentando con mi amigo Gassó, el que me felicitó por mi éxito.”

 Poco me queda por agregar, sus palabras prueban su estirpe. Igualmente no deja de sorprenderme esa enorme capacidad expresiva para convocar al arte. Sus dibujos, sus pinturas, sus piezas de orfebrería son excelsas, pero la poesía que brota de su prosa descubre al ser humano que fue.

Doy gracias por haberlo conocido y amado, por haberme formado bajo su ala, como orfebre, pero sobretodo, como hombre.

¡Un verdadero privilegio!

 

 

 

 


Jul 21 2010

San Jorge: compendio de encuentro, arte y misticismo

Por mi educación católica, siempre he creído en el diablo en tanto representación del mal o de la tentación. Así como la serpiente aparece sobre el globo terráqueo y la Virgen María aplasta su cabeza con el pie como símbolo de sometimiento del mal, para los catalanes la figura del diablo se encarna en la del dragón. La creencia popular indica que se debe sujetar al dragón por la cola para inmovilizarlo y no dejarlo actuar libremente. Así lo hizo el Santo Patrono de Cataluña, San Jorge, que representa la lucha entre el bien y el mal y es quien sobre su cabalgadura vence al dragón con la lanza. Por tradición, los catalanes representamos al dragón sostenido por la cola con un clavo, aprisionado por cadenas o apretado con una lanza. Debido a esta convicción, en mi casa, en la baranda de la escalera que llega hasta el segundo piso, se engastan trescientos sesenta y cinco dragones aprisionados por la cola. Es decir, un dragón sometido para cada día del año.

Esta introducción viene a cuento de una hermosa historia relacionada tanto con la creación artística como con el significado trascendente de los símbolos. Un querido amigo, de nombre Jorge, quien me ha copiado esta práctica de mantenernos atentos para no caer en las garras del mal, ha mandado a construir una mesa muy particular. Tiene él devoción por su familia así como un gran sentido de la amistad. Se trata de una tabla redonda, de 2.10 m de diámetro, con una base en forma de cruz. Esta cruz, no por casualidad, tiene 99cm por 99cm, es decir, 3 veces 33. Ello guarda relación con la numerología y con una serie de símbolos referidos a Jesús y a La Trinidad. El armazón que sostiene la tapa circular posee 12 rayos, y delimita el espacio para cada uno de los 12 comensales. En el centro se ha dispuesto una caja triangular que, como en los altares cristianos, obra como ara de sacrificio y debajo tiene espacio para contener reliquias de los santos. Esta caja, que también tiene 33cm por 33cm de lado, lleva una imagen de San Jorge en miniatura, realizada en plata, con la siguiente bendición: “Bendícenos Señor y bendice los alimentos que vamos a tomar para mantenernos en tu santo servicio”.

Hace unos días, en una “ceremonia”, una cena de amigos, coincidiendo con el cumpleaños de su hija Antonia, cada cual colocó un obsequio como testimonio de amistad, objetos sin valor material pero sí afectivo. También se fijaron tres clavos jesuíticos, que un restaurador amigo había guardado y custodiado celosamente, puesto que provienen de una pieza jesuítica original. Yo aporté un dragón fijado por la cola ¡porque al diablo hay que tenerlo cortito!

Con San Jorge como guardián, el arte como presencia y la comida como excusa, estos encuentros actúan como un bálsamo para apaciguar las ánimas. Apelamos al auxilio de San Jorge para que mantenga alejada la discordia, para que impere la paz y para que el afecto circule libremente y nos acaricie el alma. Una configuración óptima para espantar a los demonios.

 


Jul 17 2010

Un verdadero motivo de orgullo

El pasado mes de noviembre, en ocasión de celebrarse el Año Sacerdotal, llegó a nuestro país una reliquia: “el corazón incorrupto de San Juan María Vianney”. Monseñor Rubén Fressia, obispo de Avellaneda-Lanús, fue el encargado de coordinar la peregrinación de la reliquia por veinticinco diócesis. Por tal motivo, un sobrino mío, el padre Fabián, secretario del Obispo, me solicita la confección de un relicario que contendría las reliquias del patrono de todos los párrocos de mundo, el Santo Cura de Ars.

Un poco de historia: Esta pequeña aldea francesa está ubicada en una planicie ondulada en cuyo centro se eleva una pequeña colina. Para 1815, la villa estaba poblada por cuarenta casas y sobre la colina, una extremadamente humilde y deteriorada parroquia. En los círculos clericales, Ars era considerada un páramo por su desolación espiritual que era aún mayor que la material. San Juan María Vianney asume sus funciones de párroco a principios de febrero de 1818. Sus primeras palabras fueron “esta parroquia no será capaz de contener a las multitudes que vendrán hacia aquí”. A partir de 1827 se inicia la profética afluencia de peregrinos. En 1845 llegaban entre 300 y 400 visitantes diarios, y ya en 1855, varios miles al año.

Volviendo a la cuestión que me convoca, comienzo a diseñar el relicario, recibo desde Francia las medidas y lo confecciono según el patrón indicado. El día acordado las reliquias arriban al aeropuerto de Ezeiza, procedentes de Francia, y desde allí son trasladadas hasta el convento de clausura Carmelo de Lisieux Argentino. Por la mañana, el padre Fabián y otro párroco debían pasar por mí, pero se retrasan algo más de media hora. Finalmente arriban y me comentan que en el trayecto desde Ezeiza debieron cambiar ¡dos neumáticos debido a dos pinchaduras consecutivas! En el recorrido desde el taller hacia el convento, unas veinte cuadras antes de llegar, ¡sucede lo mismo con el tercer neumático! Alguna fuerza extraña parecía querer impedirnos cumplir con nuestro cometido, pero como ya les he contado, al diablo siempre lo tenemos atado de la cola y aunque el lugar era algo retirado estábamos frente a una estación de servicio, y en la vereda opuesta divisamos una gomería.

Solucionado el tema, más tarde de lo previsto, por fin nuestro relicario alcanza su destino. El Obispo y las hermanas aguardaban inquietos detrás de la reja. Como se trata de un lugar de clausura, debimos pasar el corazón y el nuevo relicario a través del torno. ¡Pero surge una nueva contrariedad! Las medidas que habían enviado desde Francia no eran exactas. Entonces, con el permiso de la Abadesa y del Obispo, ingreso al claustro, y en una atmósfera de estupor y misterio, realizo los ajustes del caso. Luego tomé el corazón intacto entre mis manos para ubicarlo dentro de su nueva morada.

Fue un momento místico, una prerrogativa concedida, y aquí vuelvo a preguntarme ¿soy digno de tal privilegio? De repente, miro en derredor, me veo dentro de un convento donde no entra literalmente nadie, todas las hermanitas rezando, algunas llorando, el Obispo y los sacerdotes visiblemente emocionados. Una vez solucionada la dificultad y en perfecto funcionamiento recibo el agradecimiento de todos ellos, incluso del representante de la diócesis de Belley-Ars, el presbítero Karlo Tyberghien, y se autoriza la partida del relicario rumbo a Avellaneda, sitio designado para el inicio de la peregrinación por las distintas diócesis.

Un mes después, cuando el relicario vuelve a su lugar de origen, me llaman desde Francia porque consideraban que este diseño era muchísimo más práctico y seguro, por lo que deseaban adquirirlo. Les respondí que no podía vender algo que realicé como donación para el obispado de Avellaneda. Eran ellos los que tendrían que decidir. Ahora mismo estoy finalizando los últimos retoques para que este modesto estuche fabricado en San Telmo viaje a Francia y se convierta en el relicario definitivo del corazón incorrupto del Santo Cura de Ars.

 

 


Jul 13 2010

El rebenque del gaucho que peleó con el diablo

Tengo en mi casa un rebenque bastante maltrecho, que fue el amable regalo de una persona por quien siento un gran aprecio, la señora Amalia Pereda. Sabedora de mi gusto por coleccionar estos objetos, me obsequió esta pieza de belleza y calidad exquisitas, que guardo con devoción.

Amalia siempre ha tenido gran admiración por los catalanes, seguramente la misma que yo siento por su hijo Juan Pablo, un gran artista, un eximio fotógrafo. Su imagen la llevo en mi recuerdo desde aquel día en que me obsequió esta fantástica pieza de plata y cuero con cincel de fábula.

Pues bien, un día la señora Pereda me confiesa que dentro de su colección guardaba celosamente, desde hacía muchísimos años, una pieza que encerraba una antigua creencia. Y las creencias, queridos amigos, para pervivir no necesitan otro fundamento que su propia existencia.

Así las cosas, sencillamente me dijo: “En cierta época solía aparecer el diablo en las inmediaciones de un puesto situado en medio de uno de los campos. Los gauchos del lugar lo ahuyentaban a fuerza de rezos y ungüentos. En una ocasión, cansado de tan nefasto comportamiento, un paisano se le animó y se trenzaron en dura contienda. Parece que el diablo llevaba facón porque algunas de las cadenas que solía tener este rebenque de juez o gato de siete colas, se le perdieron por causa de algún certero batacazo. Parte de aquellas colas y el mango corrieron igual suerte. El gaucho se defendió a rebencazos que el diablo con su puñal fuertes golpes asestó, y por siempre melló la digna luna de su cabo. Fue bravo el entrevero, pero finalmente, por suerte de aquel talero, brazo en alto y cruz en ristre, consiguió el paisano corajudo espantar a ‘Don Sata’ de la hacienda.”

Hasta aquí la historia. ¿Será o no cierta? Nunca lo sabremos con absoluta certeza. Pero me sirve como excusa para compartir con ustedes algunas ideas. Personalmente sí creo que el mal existe y que la forma del diablo como un símbolo está presente entre nosotros. Dicen que los catalanes tenemos la creencia de que al diablo hay que espantarlo por todos los medios posibles y que el símbolo-figura del diablo, para ellos un dragón, es el que mata a San Jorge, patrono de la lucha del bien contra el mal. Por eso hay que tenerlo siempre prisionero o aplastado.

Esta noble insignia, que es testimonio fiel de tan bizarro duelo, finalmente encontró su reposo en una vitrina de mi taller. Y sobre San Jorge seguiremos hablando en un próximo posteo.


Jul 6 2010

El anhelo de servir

Hoy deseo contarles acerca de un pequeño cáliz de plata que encierra una historia que me colma de orgullo, porque él representa parte del sueño cumplido de una monjita, lHermana María José de Jesús, en el día en que tomaba sus votos perpetuos.

Alguna vez leí que toda la naturaleza es un anhelo de servicio. Entonces, ¡qué sencillo resultaría si cada ser humano se propusiera hacer realidad el deseo de otro! A veces, cuando uno realiza una pieza como parte del propio oficio no vislumbra el regocijo que ésta puede causar en el corazón de quien la anhela. Sin embargo, cuando uno recibe una extensa y conmovedora carta, señal de inmensa gratitud, en ese objeto vibran dos fuerzas complementarias y mutuamente transformadoras: la del anhelo y la del servicio.

Para ese día, la hermanita había soñado con varias cuestiones que le eran muy importantes: la visita de sus padres, la recuperación de la salud de su hermano, el cáliz en cuestión y una fecha específica. Sin embargo, por el modo en que se iban presentando los acontecimientos, todo hacía prever que ninguno de sus deseos se cumpliría. Esto lo va narrando en la extensa carta que me envió. Quiero compartir con ustedes algunos segmentos, donde relata que afortunadamente los escollos se fueron resolviendo y es muy generosa conmigo.

Carta abierta a todos los que amo, a todos los que llevo en mi corazón, es decir a TODOS los que compartieron la vida conmigo hasta hoy, a los que son parte de la ofrenda presentada a Dios. Bendito sea Dios que me regaló nacer en la Argentina, donde hablamos castellano, que es el lenguaje más rico, más allá de nuestros aportes, pero ¡qué pobres le resultan al corazón las palabras! Un tiempo antes de profesar, de hacer los votos perpetuos, le pedí la bendición a Nuestra Madre —en la vida religiosa todo se tiene que hacer con permiso o bajo obediencia— para hacer una especie de memoria donde se veía claramente que el Único y Verdadero protagonista fue siempre DIOS-AMOR en mi vida y terminaba diciendo como lo hace una canción: YO SOY GRACIAS.”

La cuestión es que ella buscaba un objeto que pudiese simbolizar a su familia y, al mismo tiempo, servir para dar continuamente gracias y renovar la ofrenda. Y agrega: “¿Cómo no pensar en un cáliz? El cáliz es el recipiente sagrado donde el vino, por acción del Espíritu Santo y a través de las manos del sacerdote se convierte en sangre de Jesús… Este sueño se hizo realidad gracias a mis papas, a mis hermanos, a los que ayudaron con su aporte personal y sobre todo gracias a Pallarols… Un orfebre… Un grande… Este hombre dejó todo su trabajo para hacer el cáliz y la patena, para que mis papas pudieran traerlo para mi profesión… Se los entregó recibiendo sólo el 30% de su valor y con el compromiso de abonar el 70% restante como pudieran, sin hacerles firmar nada y además tuvo la delicadeza de preguntarles si tenían dinero para el viaje… Recibió a mis padres en su casa, los llamó para avisarles que tenía el trabajo hecho… TODO ESTO y mucho más que no escribo, a cambio de que rezáramos por él… ¡Cuántos regalos escondidos en ese cáliz, en nuestras vidas, en tanta gente que me acompaña! ¡BENDITO SEA DIOS PARA SIEMPRE en los hombres como Pallarols, que gritan con sus vidas que DIOS EXISTE, que es PADRE!”.

Mi aporte fue un granito de arena; el resto, una bienaventurada conjunción. Estos párrafos me llevan a recapacitar sobre aquellos pequeños servicios que contribuyen a facilitar la vida de los otros (ya habíamos hablado de este tema en el blog y con ellos, la propia. Creo que si uno ayuda, después alguien te ayuda, y eso me pasa casi a diario. A cambio les pido que recen por mí, para que Dios me dé trabajo, me dé salud y proteja a todos los seres queridos. Después de todo ¿quién dudaría de tender su mano a otro si experimentara a esa persona como parte de sí mismo?

Los dejo con esta pequeña reflexión hasta nuestro próximo encuentro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Jul 1 2010

Una experiencia única e inolvidable

En este blog vengo narrando las etapas y las vicisitudes de la restauración de las luminarias del Teatro Colón. Ustedes ya lo saben. Para los lectores recién llegados les dejo los links de esos posteos: Otro camino hacia el Bicentenario: el Teatro ColónTocar el cielo con las manos y Sobre mi abuelo, mi nieta y yo.

Hoy quiero centrarme en el final de la historia: llegó el día (con fecha 24 de mayo de 2010) y fue el broche de oro en la celebración del Bicentenario de nuestra Patria. Muchas emociones fueron palpitadas entre bambalinas durante estos últimos cuatro años. Suelo decir que alguna fuerza superior suele llevarme de la mano y esta vez no fue la excepción. Sentía como si la Divina Providencia me abriese caminos y me convocara a experimentar vivencias extraordinarias. Cada vez que se me presentaba una encrucijada, una situación a resolver, alguna búsqueda específica, la necesidad de algún material particular, la solución llegaba mágicamente desde algún remoto paraíso.

Las luminarias parecían alumbrar nuestro trayecto hacia la consecución de las obras. Recuerdo intensos momentos de laboreo silencioso, otros de ruidoso ajetreo. Eramos como una pandilla laboriosa apoderándose del lugar: nos deslizábamos por los pasillos, discurríamos por salas y salones, recorríamos foyers, ocupábamos la platea, quebrantábamos el recato del palco de las viudas, trajinábamos dentro de la araña central, a veces con prisa pero siempre sin pausa durante el inolvidable decurso de la restauración del Teatro Colón de Buenos Aires.

¿Qué podría relatarles acerca de la espléndida gala de reinauguración? Más allá de aquello que es de dominio público, la fiesta fue emotiva y el espectáculo breve pero excelente. El teatro desbordaba de gente conviviendo con patriótica algarabía. Personalmente sentí que había fiesta dentro y fuera del teatro; pude percibir el orgullo que se multiplicaba en todos y cada uno de los que, de un modo u otro, participamos del acto de reapertura de nuestro máximo coliseo. Tuve el privilegio de observar la magnificencia del espectáculo instalado en un palco en el primer piso, invitado por el ministro de Cultura, desde donde no podía dejar de apreciar el esplendor de aquella producción colectiva. Una suerte de momento sublime, que me involucraba y me elevaba, que me retrotraía al pasado. Era la historia que me convocaba y me contenía desde la memoria, una memoria ennoblecida de trayectoria. El legado de mis antecesores guardaba para mí un protagonismo que debía desempeñar sostenida y diligentemente para que la realización fuese plena.

Por esos días, me inquietaba la idea de quienes, sin mala intención pero con información errónea, habrían comentado que la máxima luminaria del teatro había sido realizada en Francia. ¡Yo sabía que no era así, pero han transcurrido más de cien años! Fue en 1907 cuando se encomienda la licitación para su construcción a Azaretto Hermanos, una sociedad que tenía un local de iluminación en la esquina de Corrientes y Florida. Esta, a su vez, se la encarga a una serie de artesanos que realizarían las distintas tareas. Entre ellos estaban mi abuelo, don Joséy Gabriel Dubois, dibujante y escultor, que, aunque francés de origen, residía y trabajaba en Buenos Aires. El fue, tal vez, quien le confiriera ese admirable estilo parisino. 

Y sucede que el mismo día de la inauguración del Teatro Colón, la vida decide concederme un regalo adicional. Estaba en casa cuando recibo la confirmación clara de esta referencia. Un señor, residente en Alta Gracia, por correo electrónico me relata que Gabriel Dubois había sido su maestro de pintura y escultura durante muchos años, y que el mismo Dubois le contaba que había trabajado en la araña central, así como en otras piezas de iluminación del Teatro Colón junto a un grupo de artesanos. Me envía fotos en las que está mi abuelo, de quien conservo dibujos y algunos escritos al respecto. Por supuesto, las fotos son muy antiguas, pero constituyen el fiel testimonio de que la araña central se diseñó, se cinceló y se ensambló íntegramente en Buenos Aires.

El esplendor del teatro era la respuesta que nuestra ciudadanía esperaba. Hasta último minuto nos dedicamos a controlar, revisar, componer y ajustar detalles para el cabal lucimiento de tamaña restauración. Era el modo de honrar nuestro prestigio y devolver a la comunidad la encomienda que obraba en nuestras manos. Ahora sólo queda esperar que todos nuestros conciudadanos puedan disfrutar de las maravillas que esta alta casa de arte es capaz de brindar. Serán nuestros sucesores quienes deberán continuar con este grandioso legado, cuidarlo, conservarlo y difundir la historia de este patrimonio cultural que nos pertenece como argentinos, pero que el mundo reconoce y admira.

¡Que así sea!